El septiembre negro de Maduro

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La penúltima vez que Nicolás Maduro convocó al Consejo de Defensa de la Nación (Codena), y lo declaró en sesión permanente, fue el 4 de junio de 2019. Lo hizo para “desarrollar un plan para lo que resta de año, a fin de que sean meses de estabilidad, recuperación, paz y victoria de Venezuela”, y porque quería impulsar (siempre según notas de portales oficiales) “un gran proceso de cambio, renovación y rectificación profunda de todos los poderes”.

Han pasado tres meses de aquello, y, por supuesto, ni estabilidad, ni recuperación, ni victoria, ni paz, salvo la de los sepulcros; nada de “cambio y renovación”; de “rectificación profunda de todos los poderes”, ni indicios. Ayer volvió a activarlo. Eso de inaugurar las cosas varias veces se ha hecho una marca de fábrica del chavismo.

Hay dos cosas que siempre me impresionan cuando escucho a Maduro. La primera es su “capacidad” (si es posible tal término) de hablar pistoladas durante una hora sin proferir una idea mínimamente aplicable; la segunda es su capacidad, ahora sí, sin comillas, para mentir compulsivamente. Diría Jordi Évole que es una “máquina de incumplir promesas”; más allá, Maduro es una ametralladora de proferir mentiras.

Lo cierto es que a Maduro, que ha hecho de la supervivencia un arte, se le están acabando los trucos para sobrevivir otra semana más. Y por ello recurre al expediente de un posible conflicto bélico con Colombia: uno que sabe (Dios lo impida) que tenemos perdido de antemano. Napoleón decía que un ejército se mueve sobre su estómago, y lo sufrió cruelmente (como lo sufriría años después Hitler) en su campaña rusa.

El ejército venezolano, hoy lleno de consignas y vacío de proteínas, no tiene ninguna posibilidad contra nadie, por más que Pedro Carreño, cuyo epitafio dirá “de inteligencia no murió” fantasee sobre un Sukhoi sobrevolando Bogotá: también, algún día, reflexionaremos sobre la academia militar, de la IV o de la V República, que aceptó a un personaje como ese.

Maduro recurre al Consejo de Defensa Nacional, y más allá de que cualquier enemigo externo pueda sentir piedad de un ejército de malnutridos (no estoy mintiendo: dan permisos los fines de semana a la tropa porque no tienen cómo alimentarla) y de milicianos, a los que el gracejo nacional ha convertido en “miliancianos”, a lo interno, la activación del mecanismo sí tiene consecuencias concretas, resumidas en una vuelta de tuerca de la represión a la que el mandatario sí ha recurrido con cada vez menos pudor.

Porque esas promesas sí las cumple Maduro, un hombre que es violento en su gestualidad, en sus modos y, sobre todo en su accionar.

El régimen quiso aumentar el salario mínimo la semana pasada y se consiguió con que eso solo agregaría ceros a la moneda sin cambiar en nada las condiciones objetivas, como diría un marxista; sabe que a partir del pasado sábado, sus aliados más cercanos van a mirar si prefieren ser amigos suyos o de Estados Unidos, porque se cumplió el plazo de acoplamiento a las sanciones del Departamento del Tesoro.

Su amigo más cercano, Cuba, está a 3 mil kilómetros de distancia; ni siquiera Evo Morales se quiere sacar fotos con él, porque Maduro tiene, en el altiplano, 82% de rechazo. El informe Bachelet lo ha dejado desnudo, por más que Diosdado Cabello recurra al fácil expediente de decir que a la expresidenta chilena le hizo la tarea Elliott Abrams.

Y en la propia mesa donde activó el Consejo de Defensa Nacional, había dos personas que supuestamente iban a participar en el alzamiento del 30 de abril. Uno de ellos señalado directamente por Abrams cuando dice que “los hijos de los chavistas van a discotecas en Europa”: un llamado directo de Estados Unidos a la Unión Europea para que deje la ambigüedad en torno al régimen madurista.

En este entorno, a Maduro septiembre se le puede hacer tan largo como enero de este año. La conflictividad social vuelve a aumentar, la gente está harta, y Maduro no tiene ninguna respuesta que pueda ofrecer un metro más allá del Palacio de Miraflores, donde lo que queda del régimen, coludido, se reúne mirándose de reojo (tratando de ver quién tiene el puñal en la mano) para tratar de espantar el miedo que los embarga a todos.

Los próximos días pueden resultar muy interesantes para los venezolanos. Y descarten la guerra, porque ni Colombia quiere ni Maduro puede.

Gracias a Dios, todo sea dicho. Y a la inmensa corrupción de la revolución bolivariana, que ni siquiera para montar un ejército con cierta operatividad sirvió.

 

 

 

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